Versión de piedra

Diario de viaje. Día 4.

Los últimos grupos de búsqueda y rescate se retiran. Salvo alguna entrada menor, los medios internacionales van perdiendo interés en Ecuador, pero esto recién comienza y lo que está sucediendo me hace pensar en ese momento en que uno se levanta el vendaje, mira por primera vez una herida y toma real dimensión de lo que pasó.

ADRA evalúa daños y analiza necesidades con su equipo técnico, ocupados en una respuesta a mediano/largo plazo y no sólo inicial. Continúa la entrega de módulos alimentarios y abastecimiento de agua potable, a modo de contención, en comunidades identificadas. El nuevo paso por dar enciende interrogantes: ¿cuál es la distribución geográfica de los daños? Con certeza, ¿cuántas familias se vieron afectadas? ¿Qué servicios vitales sufrieron daños y de qué tipo? ¿qué efectos de segundo orden se pueden presentar? ¿qué tipo de acciones se deben tomar de inmediato?

En pocos días más, cuando el terremoto haya dejado de ser noticia y no aparezca en los trending topics ni siquiera a nivel nacional, las organizaciones que se quedan tendrán la durísima prueba de remar contra corriente, escuchar reproches a discreción y ver la frustración áspera de los habitantes de la desolación.

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Me había preguntado cómo sería; si podría identificar a tiempo un sismo. Ayer tuvimos dos grandes en un día. Pocos minutos después del último, pasadas las diez de la noche, Migue me mostró en su celular la aplicación del Instituto Geológico que puntuaba ambos temblores con una magnitud de 6,1 en la escala de Richter.

Comenzó suave, tal cual había dicho Lucía Moreno, una joven madre sobreviviente que la televisión nacional entrevistó en un refugio improvisado en Portoviejo. Comenzó suave y fue in crescendo con suavidad, presentándose, dejando en claro que había llegado. Es llamativo porque ahora que lo pienso sí había leído que el movimiento de los sismos es hacia los costados, pero no lo recordaba.

Te mueve las bases, no en un rebote vertical, sino hacia los costados. Por eso derrumba —tumba—.

Esta mañana salimos hacia Canoa, una de las poblaciones más castigadas por la violencia del terremoto. El recorrido se hizo largo por los cortes y deslaves en la ruta. El sismo mayor y los temblores de réplica dejaron la tierra inestable.

El tráfico circula a doble mano: adelantamos un convoy de Naciones Unidas de dieciséis camiones que iba en nuestra mismo sentido, en dirección al mar. Del otro lado nos cruzaron mudanzas apuradas de gente que se va donde puede, donde consigue, donde sea pero lejos de las ruinas que —insistentes— traen recuerdos tristes en su versión de piedra.

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Se van los topos

Vimos sus marcas: los Topos dejan huellas para señalizar su paso.

La noche que llegué a Ecuador, los medios repetían la historia de un rescate que los tuvo como protagonistas.

Impresiona verlos meterse entre escombros todavía vacilantes —impresiona no es la palabra—. Así como otras brigadas internacionales de búsqueda y rescate, los Topos aprendieron a oír y distinguir golpes: «unos son de los picos y los mazos que trabajan arriba y a los lados, otros son metódicos y rítmicos, esos son los que interesan.»

El grupo de Rescate de la Cruz Roja Colombiana también terminaba el rastrillaje en Canoa y Juan José Díaz (Coordinador Nacional de Socorrismo) venía caminando en mi dirección, así que le hice un par de preguntas sobre la situación y conversamos sobre el panorama general. Se están retirando luego de completar su actividad.

Hay una buena y una mala, para cerrar la jornada:

La buena es que están restableciendo el servicio de energía eléctrica.

La mala es que llueve.

Mucho.

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