Los buenos vecinos

Diario de viaje. Día 5.

Don Sandoval me recordó a mi abuelo: vive solo, en el campo, en una casita de madera rodeado de sus gallinas, un perro y sus herramientas de trabajo. El pueblo más cercano está a veinte kilómetros; para llegar hay que recorrer un sendero maltrecho entre las montañas. «Él no sale, muy pocas veces ha bajado; se las ingenia para sobrevivir allí», me dice Wilmar, que me lleva en moto hasta don Sandoval.

—¿cómo se enteraron que se le había caído la casa?

—Por doña María, que al otro día del terremoto mandó a su nieto para ver cómo estaba.

Doña María es su vecina. Vive con los hijos a dos kilómetros de distancia.

ADRA responde en Ecuador D5 35

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«Yo ya me quemaba toda, sino que mi hijo me vio: el Jeferson fue, que venía del trabajo».

La que habla ahora es Vicenta Garcés Pilora. Vive en “Los cuatro caminos”, Cadialito, a varias decenas de kilómetros de distancia de San Isidro, pueblo que asiste y abastece cincuenta y cuatro comunidades a la redonda.

Mira fijo al horizonte, inhala profundo por la nariz y cuenta cómo se quemó el hombro, y el brazo derecho, la espalda y la cintura: «el terremoto nos dejó la casa rota y cortó la luz (continúan sin electricidad). Como se puso oscuro, quise prender la lamparita de gasolina pero se me cayó encima y me prendí fuego. Estaba ardida yo; el Jeferson fue el que me ayudó. Yo ya me quemaba toda, sino que mi hijo me vio: el Jeferson fue, que venía del trabajo».

El sismo no sólo destruyó la casa de Vicenta, los caminos quedaron intransitables y no pudo bajar a pedir auxilio. Pasó tres días quemada, hasta que se enteró su compadre: «él me trajo en camioneta. Se me había quedado la ropa pegada, tenía fiebre y no aguantaba ni el colchón.»

Acerca la mano a la venda y dice al borde del llanto: «Me duele tanto».

En Los cuatro caminos quedaron sin agua potable y estaban sin aprovisionamiento hasta que llegó ayuda de ADRA. A Vicenta la acompaña Ninfa Zambrano, que no la deja sola ni un minuto. Ninfa fue quien buscó al compadre, bajó de las montañas con ella y consiguió medicamentos.

Es su vecina.

ADRA responde en Ecuador D5 16

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Carlos Honorio me regala una toronja y se despide agradecido. Lleva un machete en la mano, el Kit alimentario en la otra y el torso desnudo para adentro de su finquita. Nos habíamos quedado conversando cuando bajé del camión-todo-terreno que traía ayuda humanitaria.

Le pregunté sobre su trabajo y me contó que se dedicaba a las naranjas, al cacao, a la mandarina. «Y las llevo en carro al pueblo», dice jugando con el machete.

—¿cuánto se paga la mandarina? ¿va por kilo?

—Yo las vendo por bolsa, a 3 las 100.

—¿Las cien?

—…a tres. Tres dólares las cien mandarinas.

Y después dice que las naranjas lo mismo: a tres las cien. Y que el cacao se lo pagan a treinta centavos de dólar la libra.

—Pero lo vendo en baba, seco vale menos.

—¿Menos aún?

Recién busqué la referencia en Internet: la libra de cacao sería algo más de cuatro kilos y medio. Todo ese trabajo, todo ese tiempo, todo ese cacao por treinta centavos.

—¿Y cómo bajas las bolsas al pueblo?

—Pido un carro.

—Te cobran, me imagino.

—Claro: 5 dólares el viaje.

A Carlos también se le destruyó la casa y se refugió con su familia en lo de su madre, que vive casi a un kilómetro. Está arreglando la suya como puede.

—Que vaya bien, Carlos —atino a decir.

—Que les vaya bien a ustedes, para que sigan ayudando —me responde.

Antes de despedirse me contó que en la casa de su madre son como treinta: «pasa que a unos vecinos se les cayó la casa y también les hizo lugar.»

Los maneras de los humildes, pienso.

Las maneras de los humildes.

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