Diario de viaje • Día 1

Día 1: Las cifras oscuras

La señorita —traje pulcro azul oscuro, labios pintados carmesí, manos vellosas— me pide el pasaporte y quiere saber si viajo como corresponsal; al confirmárselo, me mira y lo dice.

Ella será la primera.

Un señor tose sin taparse la boca, con confianza. Lee el diario —¿a la inversa?— de atrás hacia delante. Después de las páginas deportivas, se distrae con los titulares: los ve sin leer. Mira las fotos, hasta que nota mi interés disimulado por el pequeño recuadro sobre el terremoto, en una página par.

Él será el segundo.

Había puesto la mochila debajo del asiento delantero, por comodidad, y terminaba de acomodarme cuando la azafata se acerca y me comenta que una señora tiene claustrofobia: pregunta si le puedo ceder el asiento junto a la ventana. Sin problemas, cómo no.

La señora respira bufando —fosas nasales dilatadas, movimientos repetitivos para alisarse el pulóver bien planchado— nos relata que está nerviosa (el tono de voz alcanza dos filas a la redonda, por lo menos), que está nerviosa, repite, que disculpara, que es un poco claustrofóbica y que junto a la ventana no se siente tan atrapada, que disculpara otra vez, que va para Chile, ¿vos?

— Ecuador.

— ¿por lo del terremoto?

— Sí, señora. Para hacer una cobertura de la respuesta de una Agencia Humanitaria.

— Mirá vos. Qué triste, ¿no?, bueno…

Entonces lo dice y es la tercera. La vencida.

Aún no despegamos.

**

Pasan cosas raras con las cifras.

Están publicando que «las cantidades revelan tal cosa…»; «las estadísticas son esclarecedoras sobre…»; «los números muestran que…»

Y me pregunto si revelan, esclarecen y muestran algo, ¿qué queda en las sombras? ¿qué es lo que no vemos?

La cuantificación es, en la actualidad, más precisa que nunca antes. En la respuesta a emergencias ha sido una pieza fundamental para ayudar: aún se sigue perfeccionando, pero los métodos de relevamiento de información, la velocidad de testeo y la precisión de las mediciones de impacto, son los más efectivos de la historia. Eso es muy bueno: en la acción humanitaria es indispensable tener índices y datos correctos.

Es la difusión de los números lo que me preocupa.

Las cifras explican, pero también pueden enfriar la realidad. Pueden volverla abstracta. Pueden convertir hechos tan concretos como el sufrimiento ajeno en algo obtuso / difuso / confuso. Inabarcable. Incomprensible.

Lo contrario a lo que se requiere al momento de ayudar.

Para hacer bien —el bien— es imprescindible entender; tener presente; comprender.

Las cifras oscuras. El olvido.

La señorita de azul oscuro citó la cantidad de muertos y heridos por el terremoto y pesó mi equipaje. La conmoción por el desastre duró hasta que apareció otra cifra en rojo: los kilos del bolso en la balanza.

Minutos después, el señor de la tos estentórea y el diario del lunes, se refirió al porcentaje de infraestructura destruida en Pedernales (el hipocentro del sismo) con una conclusión lapidaria: «la sacaron barata». Antes de partir, mi compañera de fila con claustrofobia se tranquilizó y remató: «…bueno, menos mal que no fueron tantos muertos, ¿no? Gracias a Dios». ¿Gracias a Dios?

**

Comienzo mi viaje a la destrucción. No sé con qué me voy a encontrar en Ecuador, voy a buscar-conocer-para-narrar. Pero discúlpeme: no lo contaré con cifras.

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