Con fondo de agua

Diario de viaje. Día 2

A la madrugada hubo una réplica fuerte, muy fuerte, un sacudón en dos etapas que terminó de derrumbar edificios y desplomó la esperanza de los que esperaban hallar con vida a sus familiares.

En Quito se sintió poco. Era tarde y en la televisión nacional repetían imágenes del día. Hablaba Correa, el presidente. De él escuché una frase que anoté rápido en la libreta, antes de que me ganara el olvido: «según protocolos internacionales, se establece que después de 72 horas de ocurrido el evento mayor, cambia la dinámica y la búsqueda de personas entre escombros se transforma en localización de cuerpos.»

Me quedé pensando en la frase hasta quedar dormido. Era algo más de las dos de la madrugada, había llegado a Quito poco antes y miraba el resumen diario. En la pantalla se sucedían personas llorando, Correa en Muisne, imágenes de un centro de refugiados improvisado en un aeropuerto, Correa en Portoviejo, maquinaria pesada removiendo ruinas, donaciones, rescatistas, voluntarios. Correa en Pedernales, explicando —avisando—, diciendo eso: «después de 72 horas…»

Decir cuerpos es hablar de cadáveres.

Hablar de la muerte.

Correa cerró lírico la entrevista: «con las lágrimas derramadas, fecundaremos la tierra del futuro».

Llovizna.

**

Llegar a la Zona Cero —al hipocentro—, es más complicado de lo que suponíamos: las vías de acceso que desembocan en Pedernales quedaron en mal estado y por momentos se congestionan. Los controles se incrementaron. Decidimos viajar mañana temprano para allá.

Con el Equipo Técnico de ADRA nos habíamos desplazado desde la capital hasta la población de Santo Domingo, donde se estableció una Base de Operaciones en las instalaciones del Colegio Adventista del Ecuador, el CADE.

El CADE cuenta con una planta de embotellamiento de agua potable y los operarios trabajan hasta tarde para preparar partidas de donaciones que suministra la Agencia en complemento a Kits de Alimentos. Wilmar Martínez, uno de los trabajadores, nos decía que había sido una jornada dura, pero más duro era lo que estaban pasando los afectados por el terremoto y que él seguiría allí para dar una mano.

Las dos.

...

Estábamos preparando material cuando llegaron y bajaron del bus: veintitrés personas procedentes de Pedernales a quienes se les destruyó la casa y perdieron sus pertenencias. Es un primer grupo de sobrevivientes y se les nota en el rostro: María no dejaba de taparse los oídos, como si algo la aturdiera. Otra mujer traía en brazos a Felipe, su compañero, al que pudo rescatar entre las ruinas. Felipe es un loro. Su dueña no hablaba mucho, pero decía que era un sobreviviente, repetía: es un sobreviviente.

Y Daniel.

Danielito Cedeño, de ocho años, que llegó con su mamá y dos hermanas al CADE y permanecía sentado —callado, cerrado— sin probar bocado mientras los demás cenaban.

El profesor David Sandoval, rector académico voluntario de ADRA y responsable de la atención a los refugiados, fue el primero en notarlo. Con tacto iba recorriendo las mesas, conversando, hasta que se acercó al niño y trató de hacerlo sonreír. Ahí Daniel se quebró y atinó a decir que lloraba porque ese —este— NO era su hogar.

Sandoval tiene tacto, ya lo dije pero no alcanza. Su actitud y el trato fue ejemplar: el niño cenó, repitió y fue a descansar más tranquilo.

…con las lágrimas derramadas.

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